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miércoles, 5 de octubre de 2011

La regla número 1


El otro día, al ver un partido de la “Concachampions”, escuché a uno de los comentaristas preguntarle a Mario Carrillo acerca del cómo lograr que brillaran un par de jugadores talentosos (omito nombres para no quemar a nadie) que simplemente no aparecían en el terreno de juego. Él comentó que era una pregunta larga y difícil de responder, por lo que la interrogante quedó ahí, en el aire.

Después de reflexionar acerca de ello, llegué a varias conclusiones. De entrada, creo que en esta época el fútbol es mucho más que un deporte: es un espectáculo, es un sentimiento, es un signo tanto de unión como de división; es un negocio, es un trabajo, es una expectativa que puede tanto unir naciones, como ponerlas en guerra. Los altos salarios, los lujos, las mujeres, la fama, el reconocimiento, la idolatría y todo lo que rodea a aquellos que triunfan en este juego han modificado la conducta de quienes lo practican a nivel profesional, y muchas veces desvían, incluso, las metas originales que dicha actividad recreativa plantea.

Lo remarqué arriba, y hago hincapié en algo que es tan simple, que muchas veces olvidamos o pasamos por alto: el fútbol es, ante todo, un JUEGO. Su esencia es sencilla, como lo es su ejecución. Si revisamos el diccionario, nos encontramos con las siguientes definiciones:

Juego:
1. m. Acción y efecto de jugar.
2. m. Ejercicio recreativo sometido a reglas, y en el cual se gana o se pierde.

Deporte:
1. m. Actividad física, ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas.
2. m. Recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo común al aire libre.

Por lo que podemos concluir que el juego y los deportes son actividades lúdicas y de competencia, donde siempre habrá un ganador y un perdedor, en donde también hay reglas qué contemplar y cuya finalidad es la de divertirse, ejercitarse y convivir. Viéndolo así, el fútbol es una cosa bastante sencilla, tanto que cualquiera puede practicarlo. Y es ese el meollo del asunto: el fútbol divierte, entretiene, enseña; se socializa y se aviva el espíritu de la noble competencia… Claro, todo eso suena muy bien en palabras, pero habrá que ver si realmente es así en la vida real.

Existe un concepto que se usa mucho a la hora de buscar o elegir un trabajo: “Haz lo que te gusta”. Hoy en día veo a muchos jugadores profesionales, y siento que no están disfrutando lo que hacen. Algunos de ellos tienen cualidades increíbles, tienen ‘madera’ para ser cracks, pero simplemente no la sacan a relucir, o lo hacen a cuentagotas. Así como el oficinista que detesta su trabajo pero sobrelleva la rutina, veo que a algunos futbolistas les pesa el serlo. Y en parte los entiendo: Millones pueden portar con orgullo una playera y sentir pasión por determinados colores, pero al final son sólo 11 quienes tienen en sus hombros –en sus pies, mejor dicho- la responsabilidad de ganar. No ha de ser fácil el tratar de divertirte cuando sabes que esas cámaras que están fuera del campo están siguiendo cada uno de tus movimientos, y tanto pueden inmortalizarte como también pueden magnificar cualquier error que cometas. Sin embargo, habría que hacer un ejercicio de reflexión y preguntarse si realmente se está ahí por el juego mismo o por los beneficios, lujos y tratos VIP que el ser estrella del fútbol conlleva.

No se trata de juzgar ni de criticar, pero me parece que todo futbolista que tenga el privilegio –y digo ‘privilegio’ porque unos cuantos ocupan el lugar con el que miles, millones sólo pueden soñar- de pisar las mejoras canchas del orbe, vestir los uniformes más comprados y jugar en los escenarios más importantes no debe ser factor para evitar divertirse; después de todo, ellos pueden afirmar que son lo bastante inteligentes, hábiles y trabajadores para estar en el lugar que están. Seguramente, al igual que todos nosotros, comenzaron pateando latas vacías, jugando con pelotas hechas de trapo y anotando goles entre un par de piedras mal acomodadas en un campo polvoso; también rompieron vidrios y jarrones, abollaron carros y dejaron escapar algún canario al abrir su jaula de un balonazo.

¿Cómo hacerle, pues, para que los jugadores hábiles pero displicentes muestren su real nivel, y aparezcan en los momentos más importantes? Me parece algo sencillo: recordándoles por qué se enamoraron de este juego; trayendo a la memoria sus primeras pelotas, sus primeros goles, sus primeros amigos con los que jugaron “retas”, “coladeras” o “cascaritas”. No he tenido la oportunidad, pero si algún día se me da el dirigir a un equipo de fútbol, sea cual sea su nivel, lo primero que les enseñaría a los chavos sería a divertirse, a disfrutar del juego, a gozar del correr tras el balón y de sentir la gran felicidad de anotar un gol, no importando si es en una final de Copa del Mundo, en la portería sur del Maracaná o en cualquier cancha de fútbol 7. Ese niño interior, que no hace sino disfrutar y divertirse, debe ser el mismo que patee un penal decisivo en una final de Champions League, que califique a su nación a un mundial o que logre un ascenso a Primera División. Si uno no se divierte jugando al fútbol, lo demás será inútil e innecesario.

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